Anda que no hace que no escribo.
La última vez que pasé por aquí dije algo así como que igual hasta 2017 no volvía a escribir. Bueno, pues como siempre, me quedé corto. Han pasado unos cuantos años más, alguna que otra vida por el medio, varios servidores, unos cuantos WordPress, muchos backups, algún susto, mucho trabajo y, como no podía ser de otra forma en este blog, al final todo ha terminado siendo culpa de la caché.
La verdad es que no sé muy bien cómo se escribe el último artículo de un blog. Nunca he sido muy bueno cerrando cosas. Me resulta mucho más fácil decir que vuelvo, que tengo ideas, que pronto escribiré más, que tengo varios artículos en mente, que esto solo es un parón temporal y que seguiré informando. Eso se me ha dado siempre de lujo. Cumplirlo ya es otra historia.
El Tuburio empezó siendo eso, un tuburio. Ni tugurio ni nada parecido. Un error, una coña, una palabra mal entendida que acabó teniendo más personalidad que muchos nombres pensados durante semanas. Y quizá por eso le tengo tanto cariño. Porque este sitio nunca fue perfecto, ni falta que le hacía. Tenía faltas, enlaces rotos, imágenes desaparecidas, comentarios pendientes, tutoriales que envejecieron regular y opiniones escritas con más entusiasmo que prudencia. Pero era mío. Era nuestro pequeño rincón raro de internet.
Por aquí pasaron PSPs, Xbox, Ubuntu, Windows XP, Fórmula 1, StarCraft, cine, música, manuales, desahogos, móviles, tablets, backups, migraciones imposibles y alguna que otra rajada innecesariamente larga. También pasaron muchos comentarios de gente que llegaba buscando cómo arreglar algo, cómo instalar algo, cómo piratear algo —ejem— o simplemente cómo sobrevivir a alguna chapuza informática de esas que tanto nos gustan a los que hemos elegido mal la profesión.
Y eso, aunque parezca una tontería, fue muy grande.
En este tiempo también pasaron más cosas. Muchas más. Entre ellas, una bastante importante: fui padre. No una vez. No dos. Tres veces. Tres. Que se dice pronto, pero no se duerme poco.
Y claro, eso cambia bastante el panorama. Antes uno podía perder una tarde entera instalando una distribución rara de Linux en un portátil que no la necesitaba, flasheando una consola, rompiendo un servidor casero o peleándose con una configuración absurda simplemente porque sí. Porque molaba. Porque aprendías. Porque al final, con suerte, aquello volvía a arrancar y tú te sentías durante cinco minutos como si hubieses salvado el mundo.
Ahora esos ratos existen, pero son más escasos. Mucho más escasos. Ser padre no deja tiempo ni para cacharrear como antes, ni mucho menos para sentarse a escribir sobre ello con calma, capturas, enlaces y una conclusión medio decente. Bastante logro es a veces encontrar un rato para romper algo, arreglarlo deprisa y dejarlo funcionando antes de que alguien necesite agua, un cuento, un pañal, ayuda con los deberes o saber urgentemente dónde está exactamente ese juguete que nadie ha visto desde 2021.
Pero ojo, que no suene a queja. O no solo a queja, que uno también tiene una reputación que mantener.
Sigo disfrutando muchísimo de cada rato que paso rompiendo algo y volviéndolo a arreglar. Esa parte no se ha ido. Sigo teniendo esa necesidad absurda de tocar lo que funciona, de probar cosas nuevas, de meterme en líos técnicos que nadie me ha pedido y de acabar diciendo “bueno, pues ya estaría”, después de varias horas pensando que esta vez sí que lo había roto del todo.
Y también disfruto de mis hijos, claro. Muchísimo. Aunque a veces no dejen tiempo ni para pensar, también son parte de todo esto. De esta vida que fue creciendo alrededor del blog mientras el blog se iba quedando quieto. Quizá por eso este cierre no me sale triste del todo. Porque no es que haya dejado de escribir para no hacer nada. Es que la vida se llenó de otras cosas. De cosas importantes. De cosas pequeñas. De ruido, de cansancio, de responsabilidades, de dibujos, de colegios, de noches cortas y de momentos que no caben en una entrada de WordPress.
Hubo una época en la que publicar una entrada nueva tenía algo especial. Mirabas las visitas, contestabas comentarios, te emocionaba que alguien al otro lado hubiese encontrado útil una explicación escrita a horas raras, con capturas cutres y con más buena voluntad que método. Hoy todo eso parece de otra vida. Internet ha cambiado muchísimo. Nosotros también. Antes una anécdota daba para un artículo. Luego llegó Twitter, Facebook, los móviles, las prisas y esa extraña manía de comprimirlo todo hasta que las historias dejaron de ser historias y pasaron a ser ruido.
El caso es que durante mucho tiempo pensé que el blog estaba muerto porque yo no escribía. Pero quizá no era exactamente eso. Quizá el blog simplemente había hecho su trabajo. Me acompañó cuando tenía que acompañarme, me ayudó a aprender, a explicar, a equivocarme en público, a conocer gente, a ordenar ideas y a sentir que aportaba mi granito de arena a este mundo absurdo que me ha tocado vivir.
Y ahora, siendo honesto, creo que toca dejarlo descansar.
No lo voy a borrar. Eso sí que no. Bastantes cosas han desaparecido ya de internet como para cargarme yo también este pequeño fósil digital. El Tuburio se queda aquí, con sus artículos, sus comentarios, sus enlaces rotos, sus imágenes perdidas, sus acentos olvidados y sus batallitas de otra época. Que siga siendo útil si alguien llega desde Google buscando una solución imposible para una Xbox original, un Windows viejo, una PSP o cualquier otro cacharro que ya debería estar jubilado pero que se resiste a morir.
Supongo que esto no es un adiós dramático. No habrá música triste de fondo, ni plano final mirando al horizonte, ni promesa solemne de no volver jamás. Conociéndome, igual dentro de diez años me da por publicar una entrada titulada “No estaba muerto, estaba de parranda” y quedarme tan ancho. Pero hoy, ahora, lo honesto es cerrar la puerta con cuidado y dar las gracias.
Gracias a los que comentasteis.
Gracias a los que corregisteis.
Gracias a los que preguntasteis.
Gracias a los que volvisteis.
Gracias a los que mantuvisteis esto vivo incluso cuando yo ya no pasaba por aquí.
El Tuburio fue cutre, raro, útil, desordenado, divertido y muy mío.
Y eso mola.
Un abrazo muy fuerte desde el Tuburio.
Seguiré informando… o no.
Pertenece a la seccion Noticias

